La fe cristiana ha tomado de la Escritura la
definición del ser humano como “imagen de Dios”, haciendo de ella una categoría
fundamental de lo humano (cf. Tema 21). Pero una antropología teológica de la
imagen no puede concebir esta de modo estático y atemporal. El concepto de imagen
de Dios es dinámico, procesual, histórico. El ser humano realiza este destino
icónico o deiforme a lo largo de una secuencia cuyos hitos, según la lectura
cristiana de la Biblia, son: la imagen formada (doctrina de la creación), la imagen
deformada (doctrina del pecado), la imagen reformada (doctrina de la justificación
y de la gracia), la imagen consumada (escatología). Como vemos, el sustantivo
“imagen” siempre se conserva. ¿Por qué? Porque sea cual sea el estado en el que
se encuentre el ser humano frente a Dios, nunca dejará de ser lo que Dios ha querido
que sea: imagen suya (cf. GS 12). Esta es la determinación originaria humana, una
determinación teologal que le hace abierto a un Tú trascendente que le ha dado
un origen y un rango ontológico y axiológico superior al resto de seres
mundanos. La razón más alta de la dignidad humana consiste precisamente en esta
llamada a la comunión con Dios.
Nadie puede decir qué es el hombre sino uno mismo.
Siempre que nace un niño, como en el nacimiento del Bautista, se abre un
interrogante sobre su cuna: “¿qué será este niño?” (Lc 1, 66). A través de su
vida el ser humano va despejando esta interrogante. Todos venimos al mundo con
una vocación de destino a realizar. En la forma que cada ser humano vaya
realizando su vocación conseguirá tener la imagen o definición de sí mismo, la
vocación da las razones para vivir.
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