domingo, 4 de octubre de 2020

LA RAZÓN DEL SER HUMANO ES SU VOCACIÓN

 

La fe cristiana ha tomado de la Escritura la definición del ser humano como “imagen de Dios”, haciendo de ella una categoría fundamental de lo humano (cf. Tema 21). Pero una antropología teológica de la imagen no puede concebir esta de modo estático y atemporal. El concepto de imagen de Dios es dinámico, procesual, histórico. El ser humano realiza este destino icónico o deiforme a lo largo de una secuencia cuyos hitos, según la lectura cristiana de la Biblia, son: la imagen formada (doctrina de la creación), la imagen deformada (doctrina del pecado), la imagen reformada (doctrina de la justificación y de la gracia), la imagen consumada (escatología). Como vemos, el sustantivo “imagen” siempre se conserva. ¿Por qué? Porque sea cual sea el estado en el que se encuentre el ser humano frente a Dios, nunca dejará de ser lo que Dios ha querido que sea: imagen suya (cf. GS 12). Esta es la determinación originaria humana, una determinación teologal que le hace abierto a un Tú trascendente que le ha dado un origen y un rango ontológico y axiológico superior al resto de seres mundanos. La razón más alta de la dignidad humana consiste precisamente en esta llamada a la comunión con Dios.

Nadie puede decir qué es el hombre sino uno mismo. Siempre que nace un niño, como en el nacimiento del Bautista, se abre un interrogante sobre su cuna: “¿qué será este niño?” (Lc 1, 66). A través de su vida el ser humano va despejando esta interrogante. Todos venimos al mundo con una vocación de destino a realizar. En la forma que cada ser humano vaya realizando su vocación conseguirá tener la imagen o definición de sí mismo, la vocación da las razones para vivir. La vocación es poder decir sí o no a la vida, Dios da el nombre y cada uno se pone el apellido.


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