La vocación esencialmente es un principio dinámico
y vital que Dios ha sembrado en nosotros. La palabra “gérmenes de vocación” es
muy propia del Vaticano II, que proclamo “la altísima vocación del ser humano y
la divina semilla que en este se oculta” (OT 3, GS 3). La vocación es un germen
de bondad, de verdad y de gracia que todos llevamos: una aspiración a la
grandeza (Mt 13).
¿Quién hay que pueda llegar a conocer todas sus
posibilidades de acción y de logro y prever hasta donde es capaz de llegar, si
se lo propone en la vida? Nadie.
¿Quién hubiera podido adivinar unos años antes
todas las hazañas que han sido capaces los grandes hombres?
Gustavo
Bécquer ha dedicado un soneto famoso a este tema. El poeta compara el genio y
la vocación a un arpa:
Del salón en el ángulo oscuro,
de su dueño quizá olvidada,
silenciosa
y cubierta de polvo
veíase
el arpa.
Cuantas notas dormían en sus
cuerdas,
como
el pájaro duerme en las ramas,
esperando
una mano de nieve que sepa arrancarlas.
¡Ay!, pensé, cuantas veces en el
genio
así duerme en el fondo del alma,
y
una voz como Lázaro espera
que le diga: ¡Levántate y anda!
Dichosa la persona que en el camino de la vida
encuentre esa mano de nieve, la persona inteligente y amiga, el orientador,
capaz de comprenderle y descubrirle todas las maravillas que una autentica vocación
encierra.

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